Imaginad un zoom. La típica escena de la tierra desde muy lejos, que poco a poco se va acercando y finalmente acaba metida en el cuarto de estar de un lugar cualquiera, haciendo la cámara de espectador ausente.
Ahora, pensad en esa escena como algo aleatorio, en un lugar aleatorio, con gente aleatoria. Que la persona elegida sea alguien cogido al azar con una historia que venga determinada por el número de una bola, escogida con los ojos cerrados, de entre seis mil millones.
Podría ser cualquier cosa. Podría ser un hombre de cuarenta años yendo sólo a un concierto de un ídolo adolescente, una madre soltera inmigrante que pierde a su hijo, de sólo 2 meses. Una infidelidad justificada, o injustificada. Alguien buscando una vida, o una vida encontrando a alguien. Podría ser simplemente una persona paseando sin rumbo, o alguien que lleva siguiendo un rumbo toda su vida.
Podría ser, que derrepente, se enfocara un espejo, y en ese espejo te reflejaras tu, y vieras tu historia.
¿Te gustaría?
Pues entonces, intenta ser tú el que lo haga diferente.
Súper de la esquina, tercer pasillo a la izquierda, charcutería.
"Me pones, 200 gr de Jamón York, 150 de Pavo, y 200 de optimismo, por favor".
La charcutera, enjuta, sonriente, y con pulso de cirujano, maneja la cortadora y en cosa de dos minutos y tres paquetillos en sendas bolsas, nos da el ansiado manjar.
Desgraciadamente, desde que aquellos dos pegaron el mordisco a la manzana, las cosas han sido un poco más difíciles para todos. Aquella puta serpiente nos hizo ser diferentes, actuar diferente, y pensar diferente. Creó el pesimismo.
Aún así, como desde un principio ya existía, lo más lógico es pensar que después de tanto tiempo, y aunque mucha gente no se dé cuenta, el optimismo sigue ahí.
Pensar que todo va a salir bien, hasta que se demuestra lo contrario (o no). En eso consiste a grandes rasgos ¿no? Creo que es una buena filosofía de vida. Eres feliz durante más tiempo, aunque al final las cosas no salgan bien. Buscar el lado positivo te hace ser diferente. Además dicen que el optimismo, cuanto más fuerte es, más contagioso resulta. Hay quien dice que si eres optimista, y estás bien informado, te convertirás en pesimista. ¡Mentira! Si esto pasara, no habría emoción en nada de lo que hiciéramos. Sabríamos todo lo que va a pasar. No habría sonrisas joder. Algunos afirman no ser pesimistas sino realistas. Otros son yomismistas, ostracistas, onanistas, chalet con vistas...
De todo hay en la viña del señor... Aún así, sigo defendiendo a capa y espada esta forma de pensar. No veo que tenga ninguna carencia, y seguro que retrasa el envejecimiento.
El único problema es que uno tendrá que estar dispuesto a aguantar los palos que le puedan dar. Tendrá que ir recogiendo las piedras que le tiren, e ir haciendo con ellas un montón, para luego mirarlas y recordar que en este mundo, hay muchas, muchas, muchas cosas, que merecen la pena de verdad.
Por cierto, bien aliñado, y acompañado de un buen refresco, el optimismo siempre entra mucho mejor.
Era rubia, más de lo normal, y alta, muy alta, también más de lo normal. Llamaba la atención por la calle. Todos (y todas) se giraban a mirarla. Sus piernas, cinceladas en nácar con infinita maña, más que moverse parecían insinuarse al viento, el cual les cedía el paso. Sus tobillos, no eran sino el preludio de la obra de arte que finalizaba con dos bellísimos pies tallados en marfil.
La cintura invitaba a la más desgarradora locura. Femenina, con curvas, con dulce apariencia pero con fuerte personalidad. Siguiendo su senda, sus caderas. Bamboleaban hipnóticas invitándote a ceder a la tentación. Ofrecían algo digno de dioses, que arraigaba en el más sucio de los vicios. Por rigor, se decía una talla 34, pero en realidad cualquier cosa le encajaba como un guante.
La planicie de su vientre sólo se veía alterada por un perfecto ombligo. Algo que muchos querrían mirar muy de cerca, y que marcaba el camino hacia la ya conocida perdición.
El equilibrio perfecto de sus hombros, era la conexión de su cuerpo con sus dos gráciles brazos. Finos, pero no demasiado. Fuertes, pero no musculados. Con una casi imperceptible capa de bello rubio, que sólo se podía apreciar cuando refulgía bajo el sol.
Sus senos iban acorde a su ser. No sobresalían demasiado, pero eran muy generosos. Era como si se escondieran para todo el mundo, reservados, pero a la hora de la verdad se mostraran en toda su plenitud. Un matiz más que cortaba la respiración, si cuando se había llegado ahí aún restaba algo de aliento.
Entre su áurea cabellera, se conseguía distinguir un rostro de diosa. La mismísima Afrodita habría de envidiar semejante armonía. Calíope debería tirarse de los pelos, y ni con sus épicos poemas podría recomponerse. Una ninfa terrenal que sería deseada por todos los sátiros que tuvieran la suerte de que ella se cruzara en su mirada.
Acompañada de un amante, ella le pidió que le dijera qué veía en el reflejo que su privilegiado espejo les ofrecía. Él vio un rubio artificial, en el que empezaba a asomar la raíz. Vio demasiadas horas de gimnasio, combinadas con demasiadas horas de depilación. Vio numerosas operaciones de cirugía, que habían dejado mella, sino en su cuerpo, si en su expresión. Se dio cuenta, de repente, de que llevaba demasiado maquillaje. Que en el armario abierto que había detrás de ella, había demasiada ropa, y muy pocos recuerdos. Miró las baldas de la habitación, y las vio vacías.
Le dijo “ponte en pie”. Recorrió su femenina figura con la mirada, de arriba abajo. Se fijó en el azabache conjunto de encaje que ella creía lucir, pero que a ojos de cualquiera parecía querer huir de su ser. No vio lo que ella veía. Vio a alguien que no entendía de reglas. Alguien que no era consciente de su mundo. Algo que pretendía ser innato, pero no lo era.
Vio a una sociópata de sí misma.
Dejó los 100 euros encima de la cama, y antes de acabar de desvestirla, se marchó.
Siempre he creído que la mayor realización que existe para una persona es conocerse a sí mismo. No es algo fácil, ya que requiere mucho esfuerzo, pero a mi modo de ver las cosas, conlleva mucha recompensa.
Si consigues saber como eres, ser autocrítico, y tienes una visión más o menos estable de la vida, una conciencia que vaya más allá del simple concepto, y algo de persona normal, creo que podrías mejorar aspectos de ti que nadie más podría cambiar.
Por supuesto, para llegar a esta situación, tienes que esforzarte mucho, a veces demasiado, por ello,la vida, en ocasiones, te echa una mano (¿al cuello?). La famosa tentación, el concepto tan tabú del "pecado", situaciones límite en las que sólo estés tu para ayudarte y obstáculos de esos altos que cuesta saltar son algunos ejemplos de los pequeños detalles que podrían ayudarte a conseguir la tan ardua tarea, que es saber de que pasta estas hecho.
Ahora mismo se me viene a la cabeza algo reciente. De repente te ves rodeado de gente nueva, con un idioma nuevo. Tu habitación es totalmente diferente, y está trazada en blanco y negro, esperando a que le des color. Tu casa ya no es la que era siempre, y tu familia está a muchos kilómetros de distancia. Nuevo escritorio, diferentes vistas por tu ventana, incluso nuevo teléfono móvil, con nuevo número, evidentemente. Otro banco, otra panadería, otra calle, otra ciudad, otro país...
Otra vida. Una en la que lo único que queda en común con la anterior, eres tú mismo. Una vida, que te pone a prueba más usualmente que la anterior, y de manera más dura. Una vida que te ayuda más a conocerte, y a conocer a los demás. Una vida que te enseña que hay gente que hace bien las cosas, y hay gente que las hace muy mal.
Y todo eso, lo puedes ver, después de un simple pestañeo.
Se levantó algo abotagado, con esa extraña sensación de resaca. La boca seca, dolor de cabeza, y un ejército de aguerridos guerreros en su estómago, dispuestos a librar una cruenta batalla contra su bienestar. No había razón para ello, ya que el día anterior había estado viendo una película, en compañía de su soledad, y había cerrado los ojos después de 10 minutos de obligada lectura diaria.
Notaba que algo era diferente, pero no acertaba a decir el qué. Se toco la cicatriz de la rodilla, aún dolorida por la operación que había tenido meses atrás. Palpo los ganglios, no fuera a ser que tuviera gripe, midió sus pulsaciones, se tomó la temperatura e incluso intentó averiguar el tono del sagrado material que desprendía su nariz. Nada.
Entró al prístino cuarto de baño (siempre estuvo obsesionado por la limpieza) dispuesto a observar en el espejo, todos y cada uno de los poros de su piel, en busca de sarpullidos, enrojecimientos, cardenales, o cualquier otro signo que pudiera explicar porque tenía esa extraña sensación.
Y entonces lo vio.
Cerró los ojos, y los volvió a abrir. Lo mismo. Sorprendido, a la par que aterrado, corrió al ordenador, y buscó en la Wiki-pedia: “síntoma color sepia”.
Como era de esperar, no encontró nada. Llamo al típico tío médico que hay en casi cualquier familia, el cual quedó más sorprendido que él si cabe. El resto de familiares, amigos o vecinos tampoco supieron explicarle por qué de repente, se había vuelto de color sepia.
Se empezó a preocupar, ya que no era sólo él lo que presumía de esa escala de colores, sino también su alrededor. Cualquier cosa que cogiera, pasaba a formar parte de ese otro mundo paralelo. El suelo que pisaba, su ropa, las paredes, los cuadros, incluso la televisión de plasma de 42” de su salón dejó a un lado la alta definición con contraste 10.000:1 y la amplísima gama de colores, para centrarse en esos monótonos y depresivos tonos sepia.
Intentó pensar, y buscar la razón de porque le había pasado esto. ¿Una broma del destino? Él no creía en esas cosas. Quizás una venganza de su pasado. Honestamente sabía que no era buena persona, pero era lo suficientemente legal como para que no le jodieran de esta manera.
¿Entonces? Empezó a preocuparse. Se le formó un nudo en la garganta, seguido de otro en el estómago, seguido del que tenían los auriculares que se estaba intentando poner para olvidarse por un momento de lo que le estaba pasando.
Pasaron los días, y seguía con el mismo problema. Cada vez estaba más preocupado. Se ponía guantes para no tocar las cosas directamente. Andaba siempre calzado, y con dos pares de calcetines. La gente le miraba mal por la calle, los niños lloraban, y las abuelas se cambiaban de acera a su paso.
Empezaba a tener miedo incluso de sí mismo.
Al cabo del tiempo, se acostumbró. Cayó en la rutina y empezó a buscar ventajas de su problema. No tenía que conjuntar la ropa, ni que ir a la playa para tomar el sol. Ya no le preocupaba que la moqueta no pegara con las paredes, y todas sus fotografías tenían un toque artístico muy rebuscado. No se gastaba dinero en cartuchos de tinta en color para la impresora, y con sólo tocar los cristales de las ventanas, conseguía un efecto de tintado, que reducía en la justa media la luz del sol que incidía en su salón. Esto empezaba a gustarle.
Y de repente, una mañana como cualquier otra se levantó con un hormigueo en el estómago. E intuyó lo peor. Fue al baño extrañado, tal y como había hecho meses atrás, y al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que volvía a estar como siempre.
No se reconocía, y lo que es peor, ya no se gustaba.
Además ¿zapatos negros con vaquero rojo, camiseta verde y chaqueta color salmón?
El odio ciega mi razón y entorpece mis dedos. Odio que arraiga en la más cruel de las indiferencias. Has llegado sin permiso, sin avisar, y has decidido quedarte. Aún con el hostil ambiente, sigues creciendo, con la ilusión de ser aún peor.
Alter-ego de la buena salud. Azabache enmascarada de las infecciones víricas. Sonrojada abanderada del picor y el malestar. ¿No te das cuenta de que no eres bien recibida? No tienes derecho a entrar sin llamar. No puedes llegar y motear de rojo nuestra armonía. Está totalmente fuera de lugar que intentes separarnos, y te aseguro que no lo vas a conseguir.
No es asunto baladí el hecho de que te hayas esforzado tanto, y sagrado es el respeto entre adversarios, por ello, te lo reconozco. Lo has hecho fetén. Pero desgraciadamente la cumbre queda muy arriba. Inalcanzable a ti. Tu idiosincrasia es una pieza del puzzle, que nunca llegará a encajar en el mosaico de nuestro bienestar. No eres bien recibida, nunca lo fuiste, y nunca lo serás.
Y no puedo evitar despedirme de ti con lágrimas en los ojos, ya que la sola idea de pensar que te vas, nubla mi entender con una alegría difícilmente descriptible con palabras. Tendrás que seguir buscando almas que corromper. Seguir interfiriendo en la feliz monotonía del gentío. Pero ten presente que a partir de hoy, no estarás sola. Ve con pies de plomo. Porque pasar de ser la que siempre persigue, a la eterna perseguida, a juicio de cualquiera es imposible que sea plato de gusto.
No me duele decir que seremos mucho más felices sin ti, Varicela.